Canto al fuego de la Tierra
Canto al secreto del fuego.
¿Cómo es posible tantas brasas
si apenas te encendimos?
Crepita, crepita, crepita y muestras todas tus brasas
pero dime cómo si apenas arranca esta charla
de estos tres amigos que se pusieron a conversar
Tu fuego está en las entrañas de la tierra
Es el fuego de la tierra que de abajo se eleva
es el secreto del fuego – díselos a todas las casas donde no hay
Junta tres palitos en un hoyito
has soplar una llamita y ahí está
con hojitas de coca
se esparcen desde la bolsa
con tu permiso – te llamamos
fueguito de la tierra ven
Ven a compartirnos de tu calor
Ven, ven, ven
el fuego dulce es
el rayo que se eleva
de la tierra al cielo
en color azul es
Como un fuego del agua
él evapora también
las chispitas elevándose
un fuego que no te quema
un fuego que te ilumina y te cobija
a ese fuego le canto yo
a ese fuego le canto yo.
Río Wuachejsa
Acá ya cayó el sol
frente a las aguas del río Wuachejsa
Despacio, dónde siento, me siento
Y siento
Me paro sabre la roca, y cierro los ojos.
– Tu illpa, toma tu mano y tu illpa – me dice Diego
Mis manos sigan frente a mí, y sujetan la illpa.
Las dos sujetan la illpa y la pipa, en vertical frente a mí
Mis nuevas manos se corren,
se abren,
agarran la illpa,
se vuelven a cerrar.
Mis manos nunca se movieron.
Dulcemente, bajan las llamitas multicolor
por el camino de las aguas del río Wuachejsa.
Arman una ronda, una ronda redonda.
Azules, naranjas, rojas, celestes tal vez.
Una llamita viene, saltando, saltando.
Se incorpora a mi pipa,
se incorpora a mi illpa.
Diego me cierra las manos.
Ahora mi illpa late cómo fuego.
Un secreto del fuego
Cruzamos el puente del Wuachejsa.
Vamos por las calle empedradas de Chavín .
Me siento muy bien.
La gente ríe en la plaza. Ignoramos las risas.
Ignoramos los colores de las letras de piedra talladas por Diego -que dicen Chavin.
A izquierda y a derecha, vamos los 3.
Vamos a todo el ancho de la calle.
Vamos a la casa de Isaac, a cenar.
Entramos a su casa; atravesamos una habitación; bajamos al patio; llegamos a la casa de tulpa, la casa del fuego.
Una, dos, tres ramitas.
Con suavidad presentamos las hojita de coca.
Se enciende el fuego.
Un chiste – higos chilenos – me convida Ysaac. Pero saben a ciruelas. Nos reímos.
Miro las brasas.
De pronto hay decenas y decenas de ellas.
Pero si acabamos de encender el fuego – digo en voz alta.
Ah, ése uno de los secretos del fuego – me responde Diego.

